CUENTOS EN VERSO PARA NIÑOS PERVERSOS DE ROALD DAHL

Cuando hablamos de clásicos nos referimos a todo aquello que, sin importar el tiempo, el lugar, o el sexo siempre será especial y único. En el mundo de los libros, consideramos así a las obras que han ido marcando nuestra experiencia como lectores, ya sea por lo singular de su trama, por la identificación que hemos sentido con sus personajes o por los mensajes que han ido dejando a cada generación.

 

En relación a la literatura infantil, específicamente, el término “clásicos” se ha limitado a los cuentos que provienen de una tradición oral y se fueron recopilando a lo largo del siglo XVII y XVIII, los cuales marcaron el inicio del desarrollo de este corpus de textos.

Es así como la obra de los hermanos Grimm o Hans Christian Andersen ha ido posicionándose en ese lugar privilegiado.

Asimismo, son cada vez más consideradas de esta manera, obras como las de James Barrie o Carlo Collodi que, en su momento, determinaron cambios importantes dentro de la literatura para niños al ser específicamente dedicada a ellos y por incorporar un mayor respeto e interés por el estudio del niño como receptor.

Sin embargo, así como no podemos negar la importancia de esta labor, en el siglo XX, especialmente durante el periodo posterior a la Segunda Guerra Mundial, se ha dado una importante revolución en relación a la literatura para niños y jóvenes. Esta ha determinado la conformación de un nuevo grupo de clásicos. Así iniciamos esta sección en la que trataremos de presentar a estos nuevos autores y obras que han dejado huella en nuestra aventura literaria y que esperamos sean también importantes en la de nuestros lectores.


Roald Dalh y su versión de los clásicos

La elección de Cuentos en verso para niños en perversos como nuestro primer clásico imprescindible responde a que combina de manera singular el pasado y el presente de la literatura infantil. Con la gran calidad que ha caracterizado su obra y nuevamente acompañado en las ilustraciones por Quentin Blake, Dahl propone argumentos por todos conocidos, pero con un estilo narrativo innovador.

Los relatos que forman parte de esta compilación provienen de la tradición que mencionamos anteriormente. Cenicienta, Los tres chanchitos, Caperucita roja, entre otros son personajes que han formado parte de nuestro imaginario literario desde sus inicios. Todos han pertenecido a una primera fase oral y, más adelante, han sido recopilados por más de un autor. Incluso, varios de estos relatos han encontrado una versión definitiva u oficial, como señala Gemma Lluch, en las coloridas y musicales versiones cinematográficas de los estudios Disney.

De aquí parte un importante cuestionamiento al que, sin duda, no es ajeno el propio autor y lo deja notar en el primer verso del libro: ¿por qué volver a contar estas historias? Por un lado, creemos que no debe ser olvidado que estas narraciones tenían como primer objetivo transmitir saberes atávicos, ancestrales, compartir con las nuevas generaciones las experiencias acumuladas por los mayores. Creemos que no cabe duda de que hasta hoy tiene algo que decirnos. Pero, “¡Si ya nos la sabemos de memoria dirán!” como los receptores que imagina el autor al iniciar su libro. Y, en efecto, así parece ser, cada uno de estos argumentos es harto conocido por todos, sin embargo, como el mismo Dahl señala, es probable que de estas historias lo que tengamos sea “una versión falsificada, rosada, tonta, cursi, azucarada, que alguien con cabeza un poco rancia consideró mejor para la infancia”.

En esta primera estrofa de su versión de Cenicienta, el autor deja claro manifiesto de su postura en relación a estos universales personajes y el tratamiento que hasta hoy se les ha dado a sus aventuras. La idea de que es necesario proteger al niño del mundo mientras se está formando es responsable del grueso tamiz que va colando los temas y formas que se han considerado “apropiadas” para la literatura que se ha escrito para ellos. Esto, lamentablemente, los ha privado de mucho. Por otro lado, nos deja claro el único medio que nos queda para reactualizar estas viejas historias: la irreverencia, el humor y la parodia.


Clásica irreverencia

El humor ha caracterizado la producción inglesa de textos para niños desde siempre. Muestra de ello son los limericks (tipo de estrofa con metro y rima), popularizados por Edward Lear y caracterizados por sus sinsentidos; el disparatado mundo de maravillas de Lewis; o un Peter Pan que se atreve a desafiar las leyes del tiempo y nunca crecer. Dahl se adscribe a esta tradición de trasgresores.

En sus nuevas versiones de estas conocidas historias, encontramos un respeto a la estructura del relato, pero las circunstancias son variadas, así como la psicología y costumbres de algunos de los personajes. De esa manera, una interesante Cenicienta no asistirá a un baile cualquiera, sino a una disco para atrevidamente bailar “rocks miles” y robar el corazón del príncipe. Por otro lado, una inquietante Caperucita evadirá la ayuda de un valiente leñador para defenderse asimismo y sin dudar con la ayuda de su revolver personal.

Ambas heroínas, además, nos sorprenden con los desenlaces escogidos, ya que una declinará al amor del príncipe, que es realmente cruel y violento, por el de un noble fabricante de mermeladas; mientras que la otra paseará ufana un nuevo abrigo hecho de la piel de su enemigo mortal muerto por su propia mano.

Si esto no fuera suficiente, la decidida Caperuza se da una vuelta por un cuento vecino. Allí se gana otro abrigo tras librar de la caza del lobo al último cerdito, pero pobre ingenuo no supo que tendría que pagar el favor con su propio cuero. No olvidemos que estos son cuentos para niños perversos.


Poesía y humor: un lenguaje transgresor

Las nuevas adaptaciones creadas por Roald Dahl son presentadas magistralmente a través del ingenioso uso de la palabra. En español, gracias a la brillante traducción de Miguel Azaola para la edición de Alfaguara, esto no se ha perdido.

Para corroborar aún más la intención irreverente, el autor ha optado por construir sus cuentos en verso. El lenguaje poético ha sido desde siempre el espacio de la subversión y el juego, en el cual se nos permiten todas las licencias y podemos ir en contra de las reglas. Esto se complementa con una precisa selección de los adjetivos. En el caso de la Cenicienta, por ejemplo, se recurre a largas cadenas de adjetivación, que unidas a la sonoridad, crean una sensación de exageración y precisión, al mismo tiempo. Esto nos recuerda mucho al entusiasmo que ponen los niños al expresarse con palabras.

Asimismo, se sorprende al lector con la inclusión de frases coloquiales y menciones a elementos de la cultura actual (”auto stop”, “volkswagen”) renunciando a varios de los formulismos habituales en los cuentos de hadas.

También, se deja de lado lo formal para dar paso a un lenguaje más desenfadado, a la burla abierta y a una innegable franqueza. Basta como ejemplo los crueles reproches de la madre de Juan, el que encuentra las habichuelas mágicas, cuando este le cuenta que el gigante pudo olerlo con facilidad: “Naturalmente que te olió, marrano, que no te duchas más que en el verano y apestas como chivo”.

Este uso peculiar del lenguaje, que arranca más de una carcajada; el genio imaginativo del autor; y los extraordinarios trazos de Blake se conjugan para regalarnos una obra incomparable. Alfaguara le ha dado la oportunidad al público hispano de contar con esta joya. No dejemos de deleitarnos con ella, ya sea solos o, aun mejor, rodeados de la familia. Sin duda, este es todo un clásico imprescindible en la biblioteca de nuestros niños y, por supuesto, en la nuestra.



Bibliografía

  • Dahl, Roald. Cuentos en verso para niños perversos. Buenos Aires: Alfaguara, 2008.
  • Lluch, Gemma. Cómo analizamos relatos infantiles y juveniles. Bogotá: Grupo Norma, 2004.

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