Libros para chicos, que desafían a los grandes

La literatura infantil no solo permite el acceso de niños y niñas al conocimiento, también refleja a la sociedad que la produce. Te recomendamos este artículo sobre una exposición que habla de la importancia de la literatura infantil. ¿Por qué crees que es importante promover la lectura infantil?

Exponer los momentos más relevantes de la literatura infantil no es tarea menor. Se necesitan valiosos y originales documentos históricos, profesionales del montaje, artificios del diseño, medios tecnológicos, un discurso sustancial y didáctico que organice los materiales diversos exhibidos, todo en dosis inteligentes y dispuesto de manera estratégica. La Biblioteca Pública de la ciudad de Nueva York parece haber encontrado la clave para atraer a adultos y pequeños lectores por igual, al presentar la muestra: The ABC of It: Why Children’s Books Matter, de marzo a septiembre del corriente año.

 

New York Public Library. Construida en 1911, la Biblioteca Pública de Nueva York atesora más de 7 millones de libros,
12 millones de manuscritos y casi 3 millones de fotos y material gráfico.

En efecto, esta exposición deja muy en claro por qué los libros para chicos son importantes, y esto no solo por el hecho de que implican un acceso a un mayor conocimiento de la infancia sino porque, a través de ellos, se revelan las sociedades que los producen. El recorrido por ediciones célebres, la presencia de objetos que guardan la memoria de los autores o lectores, la construcción de dinámicas puestas en escena de episodios de historias infantiles famosas, facilitan el redescubrimiento de la riqueza de este particular mundo literario y, a la vez, la reconstrucción de la línea histórica, política y cultural que pone en evidencia los diversos contextos en que se gestaron los libros y se difundieron.
Leonard S. Marcus, el experto en libros y ediciones infantiles y curador de esta provocativa muestra, es el que vertebra significativamente correspondencia, libros, manuscritos, grabaciones ilustraciones y objetos personales, que sirven para explorar el impacto de las célebres textualidades en distintos países y épocas. Por ejemplo, una carta de Lewis Carroll a Alice Liddell; otra, de Beatrix Potter a una bibliotecaria de esta institución; un grupo de dibujos de El Mago de Oz; collages de Ashely Byan; un libro de origen chino que presenta el modelo de infancia de la Revolución Cultural; una edición de los cuentos de Brimm, de 1826; las primeras publicaciones de Superman y de la revista de humor costumbrista Mad; o The Brownies Book, de Palmer Cox, otra revista destinada a chicos de raza negra en tiempos de la exclusión, se disputan la ávida mirada del visitante.

Así pintado, el universo de los chicos es inquietante. A media luz por tramos, teatralmente iluminada en otros, se avanza por esta muestra entre sorprendentes escenografías que refuerzan el potencial imaginativo de libros, autores y ediciones de todo tipo. Están, por un lado, los consagrados de siempre en vitrinas acondicionadas (así Nathaniel Hawthorne y Hans Christian Andersen); otros no tan visitados hoy pero que ejercieron en su tiempo autoridad sobre el discurso de la infancia, como John Locke, quien en Algunos pensamientos sobre educación, aquí presentada en su primera edición, señala que los chicos son como tablas rasas en las que los adultos escriben. Esta exposición, diversa y por esta causa, enriquecida, hace explícita la idea de que hay muchas definiciones respecto de lo que es un libro para chicos, de la misma manera que hay otras tantas en relación con lo que la infancia es. A la formulación dentro de imaginario de lo que fue y es la trayectoria de la literatura infantil se suman, en esta exhibición, la obra de ilustradores y editores, considerados parte indispensable de un equipo creativo y productor, que hacen que un texto se convierta en libro y que el libro llegue a las manos de los pequeños lectores, memoriosos lectores, que guardarán entre sus afectos el objeto misterioso que es ese libro específico, el que en función de su contenido, pero también de las virtudes de su materialidad estética, estimuló su imaginación y despertó su sensibilidad.

Una exposición, distintas travesías

La muestra se despliega en diferentes circuitos. Una travesía posible es la histórica, que comienza con llamativas obras inaugurales. Una de 1727, la más antigua edición conocida del más influyente libro norteamericano para chicos del siglo XVIII y comienzos del siglo XIX: la guía de lecciones morales escrita por el ministro puritano Cooton Mather, que preparan a los más pequeños para la lectura de la Biblia. Sigue Cantos de Inocencia (Songs og Innocence, 1789), de William Blake, poemario acompañado por exquisitas acuarelas, basados en la creencia de que los chicos tienen una sabiduría innata de la que podrían aprender los adultos; por otra parte, y en consonancia con el autor inglés, un texto de Jean-Jacques Rousseau que celebra el estado natural de inocencia del niño y lamenta que este termine en manos de la lectura: "Leer es el flagelo de la infancia", dice en Emilio (Emile, 1762). En este que fue el primer tratado sobre la filosofía de la educación, Rousseau explica que la lectura permite al niño ingresar en el abstracto mundo del conocimiento y, por lo tanto, dominar la lengua, es decir, hablar y entender las mismas cosas que los adultos.


Edición de El circo y otras historias.

Otro recorrido posible se organiza en torno del desarrollo de la identidad nacional y la formación del niño ciudadano o "patriótico". En este caso, los libros para chicos se constituyeron como herramientas civiles, es decir, un instrumento para formar el carácter moral de los futuros hombres en una futura nación, conscientes de la libertad y autonomía de los países respectivos. Algunos ejemplos: en la Rusia revolucionaria de los años 20, el poeta Samuil Marshak y el ilustrador y diseñador Vladimir Lebedev, en El circo y otras historias (1925-1927), obra precursora del libro-álbum, utilizan el caso de un elefante bien entrenado para ofrecer una lección de cooperación social; en la República de Irlanda independiente, William Butler Yeats reescribió mitos y cuentos antiguos de manera que, en tiempos de la dominación británica, jóvenes y viejos no perdieran contacto con su patrimonio cultural originario.

La censura en distintas formas también encuentra un lugar en esta reflexiva exposición. La cantidad de libros de chicos prohibidos o que han sido objeto de denuncias en diferentes circunstancias no deja de sorprender. En efecto, temas considerados tabú como la muerte, el origen racial, el sexo, entre otros, han limitado el acceso de los pequeños lectores a determinados libros. Es el insólito caso de Huckleberry Finn (1885), de Mark Twain, un fresco satírico de la sociedad estadounidense del siglo XIX, al que se acusa de explicitar una actitud racista, o el humor francamente transgresor de Maurice Sendak, el autor de Dónde viven los monstruos (Where the Wild Things Are, 1963). También, El diario de Ana Frank (publicado por primera vez con el título Het Achterhuis, La casa de atrás, en 1947, en Holanda) tuvo una versión purgada por sus referencias a la sexualidad femenina, en el autorretrato de la protagonista, con el fin de facilitar a los docentes su lectura en la escuela.

Otra zona interesante la ocupan los libros escritos para determinadas clases sociales, por caso, en la Inglaterra victoriana del siglo XIX, que revelan las distancias económicas de los lectores: para la clase media, existía El Real Alfabeto de Reyes y Reinas, que celebraba las vidas de personajes históricos y de heroicos destinos; para las hijas de obreros, las Instrucciones sobre la costura, el bordado y el tejido.
Como se observa, una verdadera historia de la lectura en envase para chicos. Otra escena sorprendente del trayecto de la literatura infantil y juvenil es la que materializa la representación de la sala verde de Goodnight Moon (Buenas noches, Luna, 1947), escrito por Margaret Wise Brown e ilustrado por Clement Hurd, uno de los más célebres libros para la infancia del siglo XX y, de veras, controversial: presenta la idea de que a los chicos no les gustan tanto los cuentos de hadas como aquellos relatos que reflejan su vida cotidiana. Esta obra se conecta con la que la inspiró: Historias de aquí y ahora (Here and Now Story Book 1921), de Lucy Sprague Mitchell, fundadora de Bank Street College of Education (1916), institución estadounidense acorde con nuevas teorías pedagógicas. Sprague Mitchell precisamente propone que los chicos lean historias "experimentales" sobre el "mundo real" urbano y rural, aquel del que ellos mismos participan. Los contenidos podían ser sencillos, señalaba, pero capaces de sostenerse en el tiempo para varias generaciones de lectores, y debían estar acompañados por una ilustración al mismo tiempo afín a los temas y personajes, y de calidad artística.





Goodnight Moon. Tapa del libro original

Tapa original del libro de Lucy Sprague Mitchell.


Representación de Goodnight Moon. En la pared, donde hay distintos estantes, se indica con flechas que un libro lleva a muchos otros.

En sentido contrario a estos postulados realistas, se exponen en ABC of it historias como la de Mary Poppins, según la escena de la película de Walt Disney (1964), en la que la famosa institutriz enseña a los chicos cómo disfrutar de ser justamente chicos y endulza la visión de sus vidas señalando que todo puede ser más alegre si uno le pone azúcar y usa la magia. En fin, si se sumerge en el mundo del juego. Con otra ventaja: parte de la infancia puede recuperarse cuando se es un adulto responsable y feliz.


Maqueta de Alicia, personaje de la obra de Lewis Carroll.

El conjunto de los limericks reunidos por Edward Lear en A book of nonsense (El libro del sinsentido, 1846) y Alice's Adventures in Wonderland (Alicia en el país de las maravillas, 1865), de Lewis Carroll no podían naturalmente faltar en esta muestra, que redunda en ingenio humorístico: por ejemplo, a la figura de Alicia se la representa, en una maqueta mecánica, con un cuello que crece hasta tener la extensión del de una jirafa; este, a medida que se despliega, permite que se abran distintas páginas del libro.

El amigo Harry Potter, protagonista de la serie escrita por J. K. Rowling (el primer volumen es de 1997), recuerda que existe una nueva edad de oro del libro juvenil. Primero en las listas de bestsellers, las aventuras del joven mago ponen en escena la tradición de la narrativa inglesa del género y los ingredientes de las vivencias cotidianas de hoy de un grupo de adolescentes. Este mix es uno de los motivos que seguramente garantizó su éxito, además de su condición de narración globalizada, que implica la superproducción cinematográfica, la instalación en el parque de la ciudad de Orlando, Universal Estudios, video-juegos y la batería de objetos a la venta, identificados con el maravilloso mundo hechicero de Hogwarts. Justamente a partir del fenómeno Harry Potter, el New York Times comenzó a incluir una lista específica de libros infantiles más vendidos.

Una literatura sin adjetivos

El debate vigente sobre si la literatura infantil y juvenil conforma un género autónomo presenta, a partir de esta valiosa exposición, una nueva arista. Como María Teresa Andruetto al hablar de una "literatura sin adjetivos", las diferencias entre literatura para chicos y para adultos son, en cierto modo, superficiales. Si puede decirse que hay libros pensados para gente grande que quizá no puedan leer quienes no lo son, también es verdad que hay libros pensados para menores que nos conciernen a todos. En este sentido, uno de las frases célebres que orientan el recorrido de la muestra de Marcus corresponde a W. H. Auden: "There are no good books only for children." ("Los buenos libros no son solo buenos para los chicos"). Como ya se ha señalado, detrás de cada libro para chicos, hay una visión de la infancia, y por supuesto otra de lo que implica crecer, hacerse adulto. Unas palabras en el folleto de la exposición son ilustrativas al respecto: los libros pensados para chicos contienen las historias que hablan de nosotros mismos (los adultos) y, en pocas ocasiones, son tan sencillos como parecen.
Una omisión sobre la que queremos llamar la atención: hubiera resultado interesante y valioso incluir libros infantiles de escritores e ilustradores latinoamericanos. Ojalá se tenga en cuenta en una próxima y bienvenida segunda parte.

Créditos:
Silvina Marsimian

Profesora. Editora. Miembro de número de la Academia Argentina de Literatura Infantil y Juvenil (AALIJ)

Fuente: razoneseditoriales.blogspot.com.ar