UN PERSONAJE DE ROALD DAHL

Hace unas pocas semanas me enteré del fallecimiento de una antigua condiscípula de mi adolescencia. En realidad no la volví a ver desde entonces, pero siempre guardé un cálido recuerdo de Tamara.

Tenía una personalidad arrolladora y su sana rebeldía era vista con muy malos ojos por las autoridades escolares. En aquellas épocas las chicas provincianas éramos tímidas y no habíamos sido criadas para cuestionar, solo para obedecer y ser sometidas; ese era el tenor que compartían los adultos en el hogar y en el colegio: ellos siempre tenían la razón.

Conocí a Tamara el primer día en que yo iniciaba clases en el hostil entorno del recién conocido colegio secundario, pues la mayoría de las chicas veníamos de otros centros de enseñanza, donde nuestra experiencia previa era una profesora para todos los cursos, una viejilla renegona que nos enseñaba labores de costura y otra de educación física. Punto.

En este colegio cada curso era con una profesora diferente. Para la clase de historia nos tocó en suerte una atemorizante señora de cabello completamente cano llamada Clemencia. Ya cada alumna tenía su nombre escrito en una cartulina y el conjunto de tarjetas había sido colocado en una caja sobre el escritorio de la maestra. Luego del saludo protocolar de pie, Doña Clemencia nos hizo sentar y procedió a tomar una tarjeta. Salió la de Delsa Zevallos, quien había sido mi compañera de estudios durante toda la primaria y era muy estudiosa. “Delsa. ¿Te llamas Delsa?, ahora se inventan unos nombres más raros…” fue el descalificador comentario de la vieja antipática.


Entonces, cual Mujer Maravilla que nos reivindicaba a todas las apocadas púberes que nos encontrábamos en esa dichosa aula, Tamara se levantó y con voz alta y clara dijo: “Yo me llamo Tamara Cristina, pero si hubiera podido elegir me habría puesto Clemencia”. En la clase se hizo un tóxico silencio, como solía decir un amigo. Las recién llegadas nos quedamos de una pieza ante la audacia de Tamara, quien venía repitiendo el primero de secundaria y nos llevaba años luz en cuanto al espinoso tema de las relaciones con las profesoras.

Doña Clemencia no replicó y es que la gente adulta abusadora necesita que alguien con agallas la ponga en su lugar.

Con Tamara compartí dos años, pues en el colegio la hicieron repetir sistemáticamente cada uno de los cinco años de la secundaria, algo que pedagógicamente no puede tener ningún sustento y a todas luces estaba atentando contra los derechos de la niña que entonces era.

Un día, a la salida de clases, compramos unas paletas de hielo y Tamara, por conversar, estaba dejando que la suya se derritiera y me estaba manchando las medias blancas del uniforme, por lo que protesté, entonces ella, para zanjar el asunto, lanzó la paleta contra el parabrisas de un auto flamante. “Es que si no hago una travesura al día, no estoy contenta”, fue su comentario. Tamara hubiera podido ser un personaje paradigmático de Roald Dahl, quien ya había publicado The Gremlins (1943) y James and the Giant Peach en 1961. Definitivamente los chicos ingleses de mi generación tuvieron más suerte que nosotras… Desde aquí y como adulta, donde sea que te encuentres, recibe, querida Tamara, mi saludo cariñoso, sentido y solidario.

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