Literatura infantil y valores ¿Y dónde está el mensaje?

La función de la literatura infantil.

Desde sus inicios, a principios del siglo XVIII, la literatura infantil ha estado rodeada de discusiones y supuestos acerca de la función que le ha atribuido la sociedad y la escuela. Por años se le ha asignado el rol educativo, precisamente por ser la escuela su principal difusora, se considera que las obras escritas para niños deben contener como principal ingrediente la llamada “formación en valores”. El gran escritor Marc Twain satirizó esta posición a través de su obra “Niñito bueno, niñito malo” en la que el niño bueno desea fervientemente cumplir las reglas y lecciones que aprende en la escuela dominical, aun cuando éstas sean irracionales. Su mayor deseo era aparecer en un libro de lecciones dominical y obtener el reconocimiento de todos. A pesar de sus nobles intentos termina despedazado por querer regañar a unos niños malos. La historia del niño malo presenta a un niño malvado, astuto a quien todo le sale bien, nunca descubren sus maldades y termina siendo un hombre rico, violento y respetado; hasta obtiene un puesto en la cámara legislativa.
No es difícil suponer las críticas que recibió el autor por atreverse a cuestionar en forma tan descarnada el tipo de educación de la época. Ya antes había cosechado censuras al publicar su obra “Las aventuras de Tom Sawyer”, por parte de autores y críticos que consideraban sus textos agresivos e inicuos para los niños.

Otro autor irreverente fue Roald Dhal, quien a través de su fecunda obra satirizó la posición de los adultos respecto a la literatura infantil. En sus obras Cuentos en verso para niños perversos, Puchero de rimas, ¡Qué asco de bichos! y otros utilizó el humor para ironizar sobre los supuestos mensajes de las obras infantiles. 

Así, diversos autores e investigadores de literatura infantil han manifestado su inconformidad ante la demanda cada día más urgente de hacer de los cuentos y poemas para niños, panfletos instructivos.

La investigadora y escritora argentina Graciela Montes, en su obra “El corral de la infancia” (p.61)sostiene que el autor de textos infantiles se ve acosado por las recomendaciones de diversos especialistas provenientes de la sicología, la pediatría y otras ciencias que se consideran en la posición de sugerir temas y posturas acerca de lo que debe contener la literatura infantil. La autora afirma: “Con todas esas recomendaciones podíamos compilar una especie de Manual del buen escritor para niños que contendría exigencias tales como: que sea ameno, pero sencillo, que se anime a los grandes problemas, pero, eso sí, que deje un mensaje de esperanza y, principalmente que tenga un final feliz (…) Y si de paso puede dejar alguna enseñanza, tanto mejor.”
Efectivamente la mayoría de profesionales de distintas áreas ajenas a la literatura se consideran en condiciones de hablar de literatura infantil y de atribuirle las exigencias y características que consideran “correctas” para educar al niño. No se concibe en algunas opiniones, un texto infantil que no tenga moraleja o en la que no se castigue al niño desobediente.

También la investigadora Alison Lurie, en su obra “No se lo cuentes a los mayores” analiza la llamada “Literatura subversiva infantil” es decir, aquella que no corresponde a las exigencias de lo políticamente correcto en este campo: “Debemos considerar la literatura infantil desde una óptica más seria por la faceta subversiva que contiene: porque sus valores no son los tradicionalmente convencionales del mundo de los adultos….”

En efecto, son los niños pequeños torbellinos de alegría, ingenuidad y juego, su actividad más frecuente en la primera infancia es preguntar el porqué de las cosas sin otro ánimo que el de descubrir el mundo que aún le resulta nuevo y fascinante. Lamentablemente como respuesta a sus preguntas e inquietudes recibe pronto el “no” de los adultos y la “colonización” temprana que apunta muchas veces al inculcamiento forzado de valores a través de cuentos y relatos.
Es común que la escuela imponga sus exigencias acerca de lo que deben contener las obras que pertenecen a la literatura infantil y esto forma parte de una gran cadena en la que los catálogos de las editoriales atienden a este requerimiento publicitando sus obras en base a los valores que contienen. Así es común encontrar en estos catálogos esquemas en los que obras maravillosas e irreverentes como “Matilda” de Roald Dhal o “La loca de las bolsas” de Jorge Eslava vienen con el cartelito de “amistad y convivencia”; “amor, familia y sociedad” o cualquier otro valor colocado forzadamente. A pesar de los años transcurridos desde las discusiones acerca de esta problemática aún se arroga a la literatura infantil la función didáctica y educativa, casi se le considera el remedio para todos los males de la sociedad. Si un niño no es muy proclive a la higiene, un maravilloso libro le explicará los beneficios de ser aseado; los padres o maestros de un niño tímido, inapetente o miedoso encontrarán, en los cuentos a sus mejores aliados para combatir esas debilidades. Podemos hablar entonces, en esos casos de una instrumentalización de la literatura infantil.
De igual forma se considera que la literatura infantil debe estar al servicio de la formación de una identidad cultural., es decir se le pide a la literatura infantil que cumpla diversas funciones extraliterarias, de ahí la cantidad de obras escritas por encargo que instrumentalizan la literatura. Juan Cervera respecto al uso de la literatura infantil para exacerbar el nacionalismo o la llamada identidad cultural afirma: “El legítimo deseo de engarzar al niño con la cultura de sus raíces, si se sirve de forma indiscriminada, puede caer en situaciones grotescas. Se produciría entonces el fenómeno inverso al que se plantea en la definición de la literatura infantil. En vez de tener ésta en cuenta al niño receptor, tendría que ser éste quien se acoplara a las exigencias del folklore”. Esta discusión se ha dado a través de los años y aún continúa planteándose.

Toda literatura en general, transmite valores, pero esta no es la función más importante ni la única, ni es exclusiva de la literatura infantil. Los textos literarios pueden incentivar la identidad cultural, mostrar los problemas de la sociedad o despertar los sentimientos más nobles e incluso ser un detonante que sirva para crear conciencia acerca de algún problema. Puede lograr todo lo que el lector desee, pues éste construye la obra leída en base a sus experiencias y necesidades. En el caso de los lectores niños, esta cualidad se ve mermada debido a la reciente adquisición de la capacidad lectora, por lo tanto son más dependientes de los gustos e imposiciones de los adultos. Es necesario entonces que los facilitadores, padres y maestros tengan una visión general y variada de la literatura infantil para poder sugerir libros para todos los gustos.

Tal vez la respuesta a la eterna discusión sobre la función de la literatura infantil sea simplemente atraer al niño hacia la lectura y permitirle disfrutar de diversos relatos que aborden temas variados. Que los niños conozcan y disfruten de toda la variedad de obras a su disposición: cuentos de miedo, humorísticos, transgresores, fantasiosos, realistas… cuentos que aborden temas cercanos a su realidad y a sus sentimientos: el miedo, los celos, la ira, la risa y temas ajenos a su propia vida, que realmente le interesen y procuren su formación lectora.