Sirena del Arte Poético

Conversación con Cecilia Bajour

Por Jorge Eslava

Los congresos literarios son, a menudo, un reguero de sorpresas. Podemos asistir a la conferencia de un autor que hemos leído con exaltación y de pronto nos desencanta el tono de su voz o la actitud arrogante de sus respuestas; a veces cruzamos unas pocas frases con algún escritor admirado y sentimos haber tocado el cielo; otras veces mencionan libros de los que no teníamos idea y corremos a buscarlos en alguna librería cercana; sucede también que escuchamos a alguien que no conocemos y quedamos tan complacidos que necesitamos continuar el diálogo. Resulta imprescindible hacerlo. Eso me ocurrió con Cecilia Bajour después de su ponencia titulada “Nadar en aguas inquietas: una aproximación a la poesía infantil de hoy”.

Ni bien terminó, me apresuré en abordarla. Accedió con gentileza a la entrevista y buscamos un espacio en el efervescente II Congreso Iberoamericano de Lengua y Literatura Infantil organizado por la Fundación SM. Aunque atenta a mis preguntas, parecía muy calmada y mostraba un aspecto informal: cabello corto, grandes pendientes y una blusa de líneas craqueladas que cubrían una malla negra. Tuvimos una conversación breve y muy grata para mí. Entonces desconocía sus datos: profesora egresada de la Universidad de Buenos Aires, Magíster en Libros y Literatura para Niños y Jóvenes y se desempeña actualmente como Coordinadora del Área de Literatura Infantil y Juvenil de la Escuela de Humanidades de la Universidad Nacional de San Martín. Ejerce la crítica literaria y participa con frecuencia en actividades académicas de interés docente. Tiene publicado Oír entre líneas (Asolectura, 2009), interesantes reflexiones sobre el valor de la escucha en la lectura y las dificultades del canon literario infantil.

Quiero felicitarte por tu participación. La celebro por dos razones: los editores le prestan poca atención a la producción poética y los docentes cuando la trabajan en las aulas lo hacen superficialmente. Tú le has dado una mirada teórica y profunda. En la primera parte de tu exposición te refieres al verso y empiezas diciendo que la rima es todavía un aura del imaginario infantil, pero te detienes más bien en el verso libre y en lo que llamas su partitura propia.
Sí. Muchas veces la musicalidad está asociada en forma excluyente al poema rimado y pareciera que leer poesía infantil sea equivalente a leer solo ese tipo de estructuras rítmicas.

¿Porque proviene de las rondas infantiles, de la canción popular?

Fundamentalmente. Sin embargo, pensando en la poesía que se produce hoy en día, a la poesía en general, me parece que ese límite entre lo adulto e infantil es cada vez más permeable. Y esta es una de las zonas donde creo que es posible correrlo de la otra música repetitiva. A mí me gusta mucho la música y creo que por eso me gusta tanto la poesía, o viceversa.

Pero tú hablas del verso libre como de una música particular.

Es verdad. Como dicen algunos poetas que piensan acerca del propio hacer: es un ritmo que está vinculado a la conversación, a la cadencia del habla cotidiana y también a los pulsos de otros discursos que no suelen ser vistos como poéticos en las representaciones más extendidas. Cuando hablo de representaciones más extendidas, pienso en el ideario más vinculado a lo solemne, a lo romántico, a lo amoroso o a lo trágico...

¿De la que la vida cotidiana está excluida?

Exacto. La suciedad y la impureza, lo político y los objetos más cercanos e incluso los objetos también lejanos parecieran extraños al lenguaje poético. Nicanor Parra, de Chile, por ejemplo, nos invitó a pensarlo de otra manera. En su poesía hay otra partitura para los ojos y los oídos visuales del lector.

El ritmo es un aspecto irrenunciable de la poesía. El verso libre permite no solamente acercarse al lenguaje coloquial, sino golpear para obtener otro tipo de significantes. Pienso en Vallejo, por ejemplo, en quien advertimos un propósito de colisionar con el lector. ¿Crees que también debería buscarse ese impacto en la poesía infantil?

Sí. Yo creo que en la poesía infantil tradicional hay algo de eso. Hay como un privilegio del significante. Por eso mucha de la poesía infantil que más ha trascendido, que más se sigue produciendo es aquella que hace explotar el significante a través del sinsentido. En Argentina tenemos el ejemplo que para mí es una bisagra poética en la tradición...

¿Oliverio Girondo?

Iba a poner un ejemplo de infantil, pero él sin duda. Muchos mediadores que deciden acercar la poesía que no fue escrita originalmente para niños a los niños, muchas veces empiezan por Oliverio Girondo y sus 20 poemas para ser leídos en el tranvía…

Es un poeta totalmente vigente y con una cobertura inmensa para muchos lectores.

Totalmente vigente. Pero yo iba a usar como ejemplo a María Elena Walsh. A ella me refería cuando hablaba de la bisagra entre una manera de pensar y de hacer la poesía en nuestro país, y creo que también en América Latina.

Que proviene de la tradición inglesa.

Exactamente, es una confluencia de la tradición inglesa con la tradición folklórica latinoamericana e hispánica también. Creo que ahí hay una hibridación de dos vertientes folklóricas que dieron resultados que aún siguen teniendo vigencia, como en el caso de Oliverio Girondo que sigue teniendo frescura.

En tu condición de maestra, ¿usas la música como un pasaje para llegar a la poesía? Porque si ampliamos el concepto de poesía, también podemos ensanchar el concepto de música. ¿Utilizas la canción para llegar a la poesía? ¿Consideras que funciona?

Sí, creo que sí. La música sin palabras y la música con palabras. También depende de qué palabras, por supuesto. Me gusta mucho el sinsentido de la música y las inflexiones rítmicas que puede producir, también para escribir a contramano a partir de esas inflexiones. No necesariamente para ser obedientes a esa música.

¿Trabajas con algunos cantautores latinoamericanos?

A mí me gusta la música de una manera ecléctica y diversa. He sido familiarmente formada por la música clásica, pero me gusta muchísimo la música popular de toda América Latina, en particular la música brasileña.

¿Conoces a nuestra Chabuca Granda?

Sí, por supuesto. Me gusta que la música sea como un disparador de consignas poéticas o de estados musicales asociados con la poesía.

Has mencionado hoy el caligrama y es probablemente donde más estalla el significante, pero tengo la impresión que no se ha trabajado mucho el caligrama para niños…

No, es relativo. Yo he visto, sobre todo en los últimos tiempos, por ejemplo en la poesía cubana, con Mirtha Aguirre o con varios poetas en Argentina que se dedican a la literatura infantil, que sí usan el caligrama. Solo que en esos casos sí trascienden el facilismo del caligrama, pues no se trata solo de identificar el tema con una forma de manera unívoca y lineal. Me parece que hay pocos que logran hacerlo de una manera poética y renovada.

Es decir, hay que evitar que la disposición gráfica del texto termine aplastando la literariedad del lenguaje…

Claro, en realidad que la forma visual invite a volar y a buscar nuevos significados, y no atarse a un significado único.

Es casi el papel que jugaría el ilustrador en un texto narrativo…

Exactamente, que sería el de expandir y agregar otra lectura, no atarlo a un sentido predeterminado. La forma no como una cárcel sino como un lugar de vuelo.

Así como se hacen adaptaciones de novelas o relatos, ¿la poesía admitiría una adaptación? No pienso en el poema épico, por supuesto.

Quizás. En realidad el uso que hacen los lectores de la poesía es muchas veces fragmentario, que a mí me parece perfecto. Cuando doy clases a maestros, en la primera consigna de acercamiento que hago con la poesía, para incitarlos como lectores, es pedirles que se apropien de fragmentos o también de poemas enteros; me parece que esa sería una manera de adaptación. Una adaptación que está vinculada al deseo, al deseo de algo que les impactó fuertemente. Incluso la idea de impacto la pienso en un sentido también de resistencia, no solamente de agrado. Muchos entran por el desagrado a la poesía, muchos adultos entran así.

¿No te parece que podría ser un buen ejercicio recomponer un poema para convertirlo en una canción?

¡Sí! Sobre todo para los maestros que trabajan con niños más pequeños, que tienen tan cercana la proximidad de la palabra con la música. Me parece que es una idea muy nutritiva, porque se aproxima mucho a la manera que tienen los niños de vivir lo poético, donde lo sonoro, el cuerpo, tienen una vitalidad fundamental.

Tú has “denunciado” hoy que cuando se estudia la poesía para niños se enfoca solo el aspecto del tema y probablemente los valores y se descuida un tema escurridizo: el “yo poético”. Me encantaría que amplíes la idea, pues ubicarse en este “yo poético” infantil desde la posición de adulto es una tarea difícil.

Justamente creo que es un tema muy delicado, donde la voz y la mirada en la literatura infantil son claves para pensar lo ideológico de la propia literatura infantil. Ahí se dirimen qué representaciones de niños, de lectura y de literatura se juegan cuando uno piensa en la voz que va a encarnar. En el caso del poema también hay una postura: con quién voy a decir estas palabras, con qué persona gramatical lo voy a expresar. Allí hay un despliegue posible de voces y la dificultad de cuando uno lo encara pensando en un “yo” niño puede caer en el estereotipo de la voz infantil, que es un peligro bastante frecuente.

Pienso en algunos autores para niños que dicen, demagógicamente, “me convierto en un niño cuando escribo”. Creo que es una postura falsa, porque uno no deja de ser un adulto; lo que se produce es una mudanza de piel para convertirse en el “yo” poético. ¿Cómo advertir cuando un poeta está siendo insincero con su destinatario?

Yo creo que hay algunas marcas que se perciben de puerilización, de artificialidad. Hay como un enajenamiento de aquello que es un modo de mirar de los niños. Yo no podría definirlo, pueden ser el uso de los diminutivos o un facilismo del habla cotidiana de ese momento, incluyendo vocablos, modos de decir que supuestamente están de moda. Por eso me parece que está bien pensar en los niños como unos seres complejos, a los que les gusta ser tratados como receptores estéticos de la misma calidad que cualquier edad.

Hoy has mencionado a poetas que no pensaron en los niños como destinatarios, pero que sin embargo sus poemas funcionan muy bien para ellos: Neruda, Parra, Alberti, Sabines… ¿Qué poetas extrañas para verlos rescatados como poeta de esa frontera?

A mí me gustaría ver ediciones de Oliverio Girondo ilustradas para niños. Y a otros poetas argentinos de la actualidad.

Un poeta que me encantaría ver publicado para niños es nuestro entrañable Vallejo. En su libro más popular, no el mejor, “Los heraldos negros” hay una sección titulada “Canciones del hogar”, con poemas adecuados para niños. Te propongo, para terminar, un salto cronológico: ¿qué pasa con la poesía para adolescentes? Siendo la poesía un género por antonomasia íntimo y confesional… ¿es posible llegar a los adolescentes con la poesía?

Claro que sí. Los adolescentes muchas veces se aproximan a lo poético a través de sus desgarros e incertidumbres, pero me parece que no solamente hay que acercarles poesía que coincida con esas emociones, sino también abrirles otros horizontes, porque si no pasa lo mismo que pasa con cierta narrativa juvenil que intenta saber y copiar cómo los jóvenes viven, y me parece que los adolescentes también tienen derecho a mirar lo lejano.

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