Y mi cuento

Ante la pregunta ¿cómo te acercaste a la literatura? La escritora Elízabeth Salazar, autora de las entrañables obras Miércoles de todos los días, Tocino y Chalona y El perro y su loco,  gentilmente nos envió este texto en el que recuerda y rinde homenaje a la persona que le enseñó la magia de las palabras: su abuela.

Había una vez alguien…

Nunca me di cuenta de que sus manos eran duras, ásperas, callosas y de que su piel estaba ajada, seca. De que sus cabellos eran grises y que su voz se quebraba a veces. Nunca me di cuenta de la tristeza de su mirada.

Para mí era la fuerza, la belleza, la sabiduría. La disposición de su cuerpo para protegerme, de sus gestos para amarme, de sus brazos para ampararme, de su voz para guiarme.
No me di cuenta de los años. Ella nunca quiso que supiera de su dolor. Hasta el último día que estuvo conmigo, sostuvo mi mano con firmeza. Y, sin una queja, sin una lágrima se despidió de mí con una sonrisa para ir a un lugar del que nunca regresó.
Cuando niña, cada tarde a la hora en que caía el sol, me asomaba a la cocina detrás del gato Sócrates, que entraba con la cola levantada, restregándose contra las piernas de las dos mujeres que ayudaban a mi abuela en los quehaceres de la casa. Cuando el trajín de las ollas y de los platos terminaba, entraba buscando el calor que todavía quedaba en los carbones de las hornillas.

A esa misma hora el tío César viejo, llegaba  con las lecheras repletas de leche que le daban en el establo donde trabajaba. Después del saludo, los adultos se sentaban a la mesa y conversaban mientras terminaban de cenar. Entonces me asomaba a un mundo mágico que solamente a esa hora de la tarde cuando ya casi era de noche, estaba en la cocina de la casa donde crecí.
Mientras las mujeres hablaban, mi gato Sócrates me ignoraba. Cómodamente instalado cerca de los fogones, ronroneaba con los ojos apretados. Por los pliegues que se le formaban en la frente yo pensaba que mi gato se hacía el dormido y que escuchaba tan atento como yo las historias que allí se contaban, porque de cuando en cuando sacudía las orejas y le saltaba el lomo. Sobre todo le saltaba el lomo cuando Zulma la selvática, con gestos de espanto hablaba de tunchis y shushupes que destripaban cristianos con solo mirarlos a los ojos y, también le saltaba el lomo, cuando Herminia que era del mismo pueblo de la sierra donde nació mi abuela, contaba con las manos sobre el pecho y los ojos muy abiertos, que había visto a brujos y saggras arrastrando cabezas de niños desobedientes, y me miraba de reojo.

Sentada a la mesa las escuchaba con atención. Pero fue la voz de mi abuela la que me llevó por caminos empedrados y húmedos, por entre arroyos y sementeras, en las mañanas heladas de la sierra donde ella vivió su niñez.
Con ella me senté con los campesinos alrededor de las hogueras, a pelar habas tiernas y despancar choclos rubios y lechosos, a morder carne seca tiznada de ceniza. Con ella recogía piedritas de colores en los brotes de agua y, salvábamos ranitas de los bagres hambrientos, de los gatos del monte. Contaba que una mañana su papá llegó gritando de los corrales. Había salido de madrugada, como cada día a dar de comer a sus animales pero la vaca Otilia no estaba por ningún lado. Mi abuela y sus hermanos saltaron de sus petates tibios y salieron detrás de sus padres a buscar al animal.
En ese momento pude ver a mi abuela, era niña todavía y estaba trepada en lo alto de un árbol cargado de guindas. Desde arriba, con su cara de preocupada que siempre tuvo, buscaba, escudriñaba los caminos, olfateaba el aire. Y de pronto con la agilidad de un animal de monte se descolgó de las ramas, llegó hasta donde yo estaba y jalándome de un brazo me gritó desesperada: ¡Corre, Chinita!, ¡que el wuaca-chuto (abigeo) se está llevando la vaca para el río! ¡Corre!…

Así era cada tarde. Hasta el día en que comprendí que ella no volvería nunca. Entonces se apagó de pronto la magia que envolvía la cocina. Huyeron las voces, los colores y se apagó para siempre el fuego del hogar. Nunca más brazas. Nunca más carbón. El gato Sócrates también se fue.
Desde el día que ella se fue, cada tarde de mi infancia volví a la cocina, asomándome de a pocos, como antes, buscando la magia de su voz. En el juego de luces del sol que se iba, en el rumor del silencio que me envolvía, volvía a encontrar a mi abuela, niña todavía. Me lleva con ella, por los caminos amarillos de los cactus y las retamas, por arroyos desbordados y trigales en flor.
Y aunque de pronto el sol se oculte y la lluvia borre nuestras huellas no nos detendremos. Ni  el granizo ni el trueno la van detener, seguirá buscando a Otilia, su vaca.

Me quedo en la cocina hasta que empieza a oscurecer, para recordarla mejor. Para encontrarla en un resquicio de la luz. Es niña como yo. Pero está del otro lado de un río que nunca cruzamos. Desde allí, antes de que la tarde termine de oscurecer me sonríe y alza la mano para decirme adiós.
Todos estos años que han pasado, a pesar de su ausencia, he seguido pegada a sus faldas, ronroneando en su regazo como lo hacía el gato Sócrates. Alimentándome de sus historias. Con los ojos cerrados para no romper el encanto de escuchar tan cerca su voz y para seguir sintiendo el calor de su mano sobre la mía. 

Por Elízabeth Salazar